Los pies en la cabeza

Celo
Celo

La vida, que parece tan ordenada si se ve a primera vista desde la ventanilla de un avión, es un conjunto de retales malpegados con celofán. El mismo celo del que consumo infinitos rollos para pegar los forros de plástico de los libros del cole de mi hija. El mismo rollo que hacían nuestros padres cuando éramos nosotros los críos (aunque tiene un punto de rito entrañable, ¿verdad?). Los críos que ayer vivíamos en pisos de barrio diminutos, y que hoy seguimos viviendo en pisos diminutos, con una diferencia: unas gigantescas hipotecas que lastran nuestro país (la deuda privada equivale, según algunas fuentes, al 250 del PIB nacional). Hipotecas por las nubes y precio de los hogares por los suelos. Los suelos por los que los unos animales que se presumen racionales volvieron a arrastrar ayer, martes y 13, al toro de la Vega (es una tradición, se defienden; también la ablación del clítoris es otra tradición en algunas latitudes, por ejemplo; una barbaridad es una barbaridad). El celo con su superficie pegajosa que la vida va enredando entre los dedos, sin que haya manera de librarse de él. La vida que mi hija aprenderá en el patio del cole y en los libros de texto que todavía no le he terminado de forrar.

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