Carta al monseñor

Rouco Varela
Rouco Varela

«Estimado (¿?) monseñor. Escucho sin devoción sus últimas declaraciones acerca de su honda preocupación sobre el futuro de las pensiones y de las prestaciones por desempleo, y me pregunto si se ha convertido usted a la fe socialdemócrata. Y es que no recuerdo que la Iglesia fuera la impulsora de los derechos sociales que nos asisten en esta democracia. Es más, pensaba yo, fíjese en mi inmenso error, que eran conquistas que propulsaron sus -sin duda- bienamados gobiernos socialistas, pero es que tengo el cerebro horadado por la propaganda gubernamental cual queso emmental. Está claro que vivo desnortado y sin unas gafas tan potentes como las suyas para ver entre las tinieblas; ¿puede recomendarme a su oculista ante mis problemas de visión? Habla también de que en la sociedad «urge una conversión política y jurídica», pero no acaba de precisarlo. ¿Se refiere a una conversión al marianismo? ¡Ay, pillín, pillín, que se le ve el plumero! Me despido ya, como hice en una carta anterior: ni suyo, ni afectísimo.»

Año del Tigre

Año del Tigre
Año del Tigre

Necesitados como estamos de celebrar lo que sea en este triste y crudo invierno de 2010, cualquier excusa es buena para elevar el ánimo y la temperatura de los cuerpos, o al menos para intentarlo. Ya sean los premios Goya, el Carnaval o el Año Nuevo chino (農曆新年), el cuerpo pide animación entre tanta grisura, ante tanto cielo plomizo de un invierno que ha vuelto a ser como los de antes, un horizonte que no termina de aclararse y una actualidad desalentadora. Ya falta menos para la primavera, para el consuelo del calor y el color que nos saque de la nevera y nos sacuda el alma. Y, mientras tanto, podemos consolarnos con los augurios del recién comenzado Año del Tigre, un periodo –según los conocedores del mundo zodiacal chino- que será propicio para la valentía, la fortaleza, los nuevos retos, el movimiento, el cambio, la novedad y la curiosidad. Un signo optimista, vaya, que es lo que hace falta ante tanta falta de luz: que sus rugidos espanten las incertidumbres del triste panorama cotidiano y -entre la jungla- despejen el camino hacia un futuro mejor.

Miradas premonitorias

Maruja Mallo y Josefina Carabias, con el cuadro "Antro de fósiles"
Mallo y Carabias

La obra, la voz y la mirada de las mujeres es siempre premonitoria, es siempre sabia y certera por más que haya sido silenciada durante tantos siglos. Pensaba en este asunto mientras reparaba en una foto que se exhibe en la exposición retrospectiva que la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando dedica hasta principios de abril en su sede de Madrid a la genial pintora surrealista Maruja Mallo (Viveiro -Lugo-, 1902; Madrid, 1995). Aparecen en la mencionada instantánea Maruja Mallo y la periodista Josefina Carabias -una de las pioneras de este oficio- (Arenas de San Pedro -Ávila-, 1908; Madrid, 1980). Las han retratado a ambas, Mallo y Carabias, asomadas a un cuadro de la primera, Antro de fósiles (1930), como si estuvieran apostadas en la barrera de un coso taurino. Pero apostadas también sobre el destino atroz que vendría después: la Guerra Civil que dejó convertida España en un lúgubre solar, truncando las esperanzas de modernización y progreso que encarnó la Segunda República y que simbolizan figuras como Mallo y Carabias, mujeres adelantadas a su tiempo, mujeres a años luz de los fósiles que vendrían luego.