Tarde de Carnaval

Piratas
Piratas

Mi niña Estrella, transformada en una feroz pirata, libra un duelo contra su amigo David, convertido en spiderman armado con tridente. ¡Qué mala pata!: su espada se le parte en el fragor de la desternillante lucha. Más tarde se echan a correr, en una carrera interminable en compañía de la bailarina Irene y de la mosquetera Inés, y acaban rodando por el suelo en un mar de risas. En el gimnasio que alberga la fiesta infantil hay música y mesas con bocadillos, palomitas, pasteles, bebida, patatas fritas. Uno de los camareros, ataviado al modo pirata y como recién salido de La isla del tesoro, sirve refrescos en vez de ron y le pregunta con un gran vozarrón a Estrella: ¿Eres del mismo barco que yo? Ante la curiosidad del pirata, la niña, ahora en compañía del demonio Gonzalo, de la tigresa Martina y del payasete Gabriel, se parapeta con una tierna vergüenza detrás de una montaña de ganchitos. Y sigue la diversión. Así fue la celebración del Carnaval en el colegio de mi hija. Una celebración más en esa infancia que es patria de la libertad, de la alegría, de los sueños y de la imaginación, con o sin disfraz. Mucha excitación para un gran día que terminó con Estrella rendida en la cama, soñando sin duda con más aventuras, surcando los siete mares.

Damnatio memoriae

Marichalar
Marichalar

Jaime de Marichalar, ahora ex duque de Lugo, no tiene quien le quiera. Una vez que se formalizó oficialmente su divorcio de la infanta Elena el pasado 21 de enero, su figura acaba de ser excluida del Museo de Cera de Madrid, su foto borrada de la imagen oficial de la Familia Real y su biografía eliminada de la web de La Zarzuela. Evoca este procedimiento, aunque las circunstacias sean distintas, al que seguía la antigua Roma cuando quería eliminar el recuerdo de algún gobernante considerado no grato tras su muerte: la damnatio memoriae (o condena de la memoria), que consistía en borrar las alusiones a su persona en monumentos, inscripciones públicas e imágenes. Aunque a veces no es tan fácil eliminar el pasado: la dictadura que desgraciadamente gobernó este país durante cuarenta años dejó adheridos sus símbolos con una pegajosa saliva fascista a las calles y a los edificios oficiales, en forma de feos aguiluchos que quedaron agarrados a numerosas fachadas, y que el avance de la democracia y la piqueta han ido, afortunadamente, arrumbando.

Garzón y los torquemadas

Torquemada
Torquemada

Tal día como hoy, pero en 1482, una bula papal nombraba inquisidor a un fraile dominico, Tomás de Torquemada, cuyo nombre quedó asociado para siempre a tan siniestra institución de la historia española: la Inquisición, que se mantuvo viva hasta su derogación oficial en el siglo XIX. Viene esta triste efeméride a cuento del proceso abierto contra el juez Garzón, al que algunos pretenden expulsar de la carrera judicial por pretender investigar los crímenes del franquismo; o sea, por hacer su trabajo; o sea, por buscar la verdad de la también siniestra dictadura, por desenterrar aquel pasado sanguinario que aún yace en forma de esqueletos en muchas fosas y cunetas de esta piel de toro. Un caso contra un magistrado de prestigio internacional, que parte de oscuras querellas presentadas por asociaciones ultraderechistas. ¿Alguien entiende algo? ¿Puede alguien echar un ojo, aunque sea harto desagradable, al féretro de Torquemada, no vaya a ser que haya salido de la tumba y ande paseándose por algún despacho?