El delantero

Fútbol
Fútbol

«Un delantero jugaba por la izquierda. Tenía cintura, fuertes piernas, buena cabeza y facilidad para colocar la pelota. Recibía el aplauso del público, era feliz, y no se obnubilaba por el éxito. Había jugado ligas victoriosas, pero también sabía del sabor de la hiel; le costó mucho llegar aquí. Con el paso del tiempo, el partido se le ha ido complicando: no es fácil jugar en primera división. Ha habido gritos desde las gradas (desde los palcos sobre todo), árbitros impasibles y directivos de la competición que le han forzado a jugar por la derecha si quería que su equipo siguiera en la liga, nada más y nada menos. El delantero se resistió mucho tiempo, pero al final tuvo que ceder; amenazaron incluso con declararle fuera de juego si no lo hacía. Así que el delantero ha tenido que escorarse algo en su práctica, acometer sacrificios y someterse a lo que no le gusta, pero con la convicción y la confianza de que lo hace por el futuro, de que es un esfuerzo necesario para, una vez enderezado el juego, volver a su banda izquierda natural. Está muy triste y cariacontecido; se le nota la pesadumbre. Muchos de sus seguidores se han quedado sin aliento, preocupados por el delantero, en quien siguen confiando; conocen de su sacrificio y de lo doloroso de esta situación, y contemplan cómo, desde el gallinero, parece que en estos días grises el sol sale con más fuerza por la derecha del horizonte para ocultarse con celeridad por la izquierda con el declinar de las menguantes jornadas. Muchos comprenden y comparten el valiente esfuerzo del delantero por darle la vuelta a esta realidad, por difícil que ahora parezca, de que se haya hecho rápidamente tan de noche y de que en este terreno de juego haga tanto frío. ¡Ánimo!»

«Thank you and goodbye»

Gordon Brown
Gordon Brown

No soy yo el que se va, no se entristezcan (o no se alegren; depende). ¡Cómo voy a decirles adiós, con lo que me entretiene este cuaderno de notas! El título de este post hace referencia a la despedida del laborista Gordon Brown ayer por la tarde frente al 10 de Downing Street, en un acto de normalidad democrática con el que dio paso (¡lástima!, :-(,  para qué voy a ocultarlo, pero los votos son los votos) al nuevo inquilino de la residencia de los primeros ministros británicos, el conservador David Cameron, a los pocos días de celebrarse los comicios generales en el Reino Unido. Son las formas uno de los factores que distinguen la democracia, que pese a todas sus imperfecciones es el mejor sistema político -el menos malo al menos de los conocidos en estos milenios de historia- con el que nos hemos dotado los seres humanos. Normalidad, pues, que forma parte de la acendrada democracia británica, y algunos párrafos del discurso de despedida de Mr. Brown, que compareció emocionado y sincero en este vídeo de la BBC: «I loved the job not for its prestige, its titles and its ceremony – which I do not love at all. No, I loved the job for its potential to make this country I love fairer, more tolerant, more green, more democratic, more prosperous and more just – truly a greater Britain» («He amado esta responsabilidad no por su prestigio, sus títulos y su ceremonia, que no me gustan nada en absoluto. No; disfruté de este deber por sus posibilidades para hacer del país que amo una nación más justa, más tolerante, más ecologista, más democrática, más próspera y más justa. Una Gran Bretaña más grande, en verdad»). Tras un «gracias y adiós», frente a los medios, despojado del peso de la púrpura, al (dicen) generalmente hosco señor Brown se le vio en apariencia feliz, relajado, acompañado de su familia, en su último paseo en el Jaguar oficial del prime minister, camino del palacio de Buckingham para su también último despacho oficial con la reina. Ya es historia.

El censor

Tijeras
Tijeras

«Amada doctora, le habla Cleofás Cista, para servir a Dios y a usted. Perdone que no haya podido ir a la consulta y que le escriba este correo eléctrónico, pero me dio un ataque de melancolía pensando en cuando era más joven y trabajaba de censor para el régimen. ¡Ah! Qué placer me producía cortar una película subidita de tono en la que aparecía un beso, no le digo nada si el corte afectaba a un seno incipiente, o a la curva de un muslo… Pero no era menor el también intenso placer que me generaba cortar de un libro palabras como «democracia», «derechos humanos», «libertad». ¿Y qué hacía con todos esos recortes? Los iba archivando en una caja, y por las noches los mezclaba en fantasías interminables, con un sucio y paradójico sentimiento de culpa. Lástima que la llegada de la democracia arruinara mi trabajo y me condenara a vagar como alma en pena. Estoy ya mayor, pero, dígame la verdad, ¿cómo estoy de salud para emigrar a otro país en donde pudiera retomar mi vieja querencia por las tijeras, China por ejemplo? Si lo de China no me lo recomienda, había pensado como alternativa irme a Valencia: allí seguro que el presidente Camps me podría dar un buen puesto para eliminar de las emisiones públicas palabras como «correas», «bigotes», «trajes». ¡Gran placer!»