Verano

Puesta de sol
Puesta de sol
Las vacaciones de verano son un folio en blanco que se escribe con una pluma mojada en agua de mar y en tintas de diversos colores: sandía, melón, albaricoques, melocotones. La hoja con una escritura invisible se deja secar al sol, como las tortas de girasol, las pipas de calabaza o los bacalaos, y su pasta se degusta lentamente, en pequeñas porciones rociadas con un chorro de aceite de oliva y sal gorda, con pereza, al fresco de una terraza o de la orilla de algún lugar con agua. El calor que convierte el cuerpo en un verdadero mar cuya espuma ahuyenta las borrascas, que baja las tensiones y que expulsa los malos humores por el dedo gordo del pie, con sus gotas resbalando, cayendo hacia una nada que cobra todo su sentido. A la vuelta del verano quizá todo siga igual, pero se mantendrá la ilusión del folio por escribir. O no. Felices vacaciones.

Macedonia de titulares

Senyera
Senyera

La visión de los medios de comunicación sobre la realidad siempre es, necesariamente, parcial, determinada por su línea editorial, su tendencia ideológica y sus propios intereses. Lo de este martes, a propósito de la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) que avala la mayor parte del Estatut catalán, arroja una verdadera macedonia de titulares para desayunar, a menudo contrapuestos. La prensa madrileña se despacha con titulares como el TC “avala el Estatuto pero niega validez al término nación” (El País), “Casas salva el Estatut mediante un último apaño” (El Mundo), “El TC purga el Estatut” (ABC), mientras que para La Razón el Constitucional “desinfla la ‘nación’ catalana del Estatut” y para Público la norma “sale tocada”. Los principales medios catalanes titulan “Volem l’Estatut” (El Periódico) y el TC “rebaja el Estatut” (La Vanguardia). En conclusión, una entrenida ensalada de titulares principales, en los que no hay menciones a esa supuesta desintegración de España que el PP vino pregonando desde que impugnó el Estatut, y que se ha demostrado absolutamente falsa, como tantas otras cosas.

Fahrenheit 451

Ray Bradbury
Ray Bradbury

Desde que la vi siendo adolescente, siempre he tenido en mente las imágenes de la versión cinematográfica de la fábula futurista Fahrenheit 451, escrita en 1953 por el autor norteamericano Ray Bradbury, con esos bomberos pirómanos consagrados a destruir el saber en forma de libros, incendiando bibliotecas como si quemaran, en realidad, personas, en una pesadilla en la que pensar está prohibido y es peligroso para la existencia. Las imágenes de esta obra maestra de la ciencia ficción han cobrado ahora forma de nuevo con la publicación de esta conocida novela de Bradbury en forma de una gran versión en cómic elevada a arte mayor, del también estadounidense Tim Hamilton: una novela gráfica -género que inventara el inmortal Will Eisner-, que en España acaba de publicar el sello madrileño 451editores. La moraleja de esta obra -la resistencia frente al totalitarismo y a la censura, encarnada en hombres y mujeres que memorizan los libros para que estos nunca desaparezcan- sigue vigente. Como escribe Bradbury en una introducción específica para esta edición en cómic, “me gustaría sugerir que todo aquel o aquella que lea esta introducción se tome un tiempo para escoger el libro que más le gustaría memorizar y proteger de cualquier censor o bombero. Y no sólo escogerlo, sino dar las razones de por qué querría memorizarlo y de cuál es el valor por el que debería recitarse y recordarse en el futuro. Creo que si mis lectores se reúnen y hablan de los libros que han escogido y memorizado pueden producirse encuentros muy entretenidos”. Para que nunca se pueda llegar a los 451 grados Fahrenheit (o 233 grados centígrados) que se necesitan para que arda el papel.