Culpa de fogueo

¡Abolición!
¡Abolición!

Para evitar que los fusiladores tengan sentimiento de culpa por la muerte del que fusilan, uno de los fusiles dispara una bala de fogueo. No saben cuál de ellos escupe la bala de mentira, y así se consigue que el sentimiento de culpa se diluya, de este modo logran “que ninguno tenga la seguridad de haber causado la muerte al condenado, una rendija para manejar mejor la culpa”, como escribe Ramón Lobo en El País, tras conocerse la noticia de la ejecución en Utah del reo Ronnie Lee Gardner. La vida que acaban de finiquitar da igual, lo importante es que la culpa no les atormente (que mucho no debe de hacerlo, porque los que se prestan a disparar por orden del Estado son, generalmente, voluntarios, que por tanto eligen libremente apretar el gatillo). Este simple procedimiento se idea para acallar el Pepito Grillo que pudiera surgir en quienes disparan, porque sus ojos sí han visto lo que acaban de hacer, aunque no sea suyo, sino del fusilado, el corazón que sienta las balas, salvo la de fogueo. Ocurrió esta semana en Estados Unidos, país tan admirable en tantas cosas, y tan detestable en otras, como la pena de muerte vigente en 35 de sus estados, una práctica que le condena a ser miembro de un deleznable club del que forman parte países con tan pocas credenciales democráticas como Irán o China, una bárbara distinción que una de las democracias más antiguas del mundo y que tantas aportaciones ha hecho a la historia de la humanidad debería erradicar de una vez por todas.