Culpa de fogueo

¡Abolición!
¡Abolición!

Para evitar que los fusiladores tengan sentimiento de culpa por la muerte del que fusilan, uno de los fusiles dispara una bala de fogueo. No saben cuál de ellos escupe la bala de mentira, y así se consigue que el sentimiento de culpa se diluya, de este modo logran «que ninguno tenga la seguridad de haber causado la muerte al condenado, una rendija para manejar mejor la culpa», como escribe Ramón Lobo en El País, tras conocerse la noticia de la ejecución en Utah del reo Ronnie Lee Gardner. La vida que acaban de finiquitar da igual, lo importante es que la culpa no les atormente (que mucho no debe de hacerlo, porque los que se prestan a disparar por orden del Estado son, generalmente, voluntarios, que por tanto eligen libremente apretar el gatillo). Este simple procedimiento se idea para acallar el Pepito Grillo que pudiera surgir en quienes disparan, porque sus ojos sí han visto lo que acaban de hacer, aunque no sea suyo, sino del fusilado, el corazón que sienta las balas, salvo la de fogueo. Ocurrió esta semana en Estados Unidos, país tan admirable en tantas cosas, y tan detestable en otras, como la pena de muerte vigente en 35 de sus estados, una práctica que le condena a ser miembro de un deleznable club del que forman parte países con tan pocas credenciales democráticas como Irán o China, una bárbara distinción que una de las democracias más antiguas del mundo y que tantas aportaciones ha hecho a la historia de la humanidad debería erradicar de una vez por todas.

Tiempo de brevas

José Saramago
José Saramago

José Saramago se ha ido en tiempo de brevas, el primer fruto de la higuera, que llega a las plazas de abastos españolas a mediados de junio y sólo se prolonga unas pocas semanas, y que presagian ya los higos de final de verano, más pequeños y dulces, igual de apetitosos. El escritor portugués vivía en la isla de Lanzarote, que no es precisamente tierra de higueras, y de él siempre recuerdo una anécdota sobre árboles, real pero narrada con su maestría de fabulador como gran autor que era: su abuelo, cuando intuyó que le llegaba la hora de morir, se despidió con un abrazo de cada uno de los árboles que había en su huerto. Ese sentido de fraternidad universal que posiblemente heredó de su abuelo impregnó la obra del Nobel portugués. Sus libros, como los de tantos escritores y escritoras, se enraizan en la tierra y dan frutos como las brevas mediterráneas que picotean los gorriones, pajarillos que suelen reparar en las más dulces, antes de que su almíbar llegue a los anaqueles del mercado y a los estantes de nuestras librerías. Hasta siempre, maestro, desde este rincón de la balsa de piedra.

La culpa siempre es de ellas

Sara Carbonero
Sara Carbonero

Parece mentira que el mundo ruede y ruede, vivamos en la era digital dospuntocerista y los seres humanos nos aprestemos a explorar Marte. Porque hay cosas que no cambian, especialmente todas las relacionadas con nuestros a menudo retrógrados usos y costumbres; los prejuicios más acendrados que nos salen por los poros. Ejemplo: siempre la culpa de lo que va mal es de las mujeres, que tienen una naturaleza maléfica y perversa que pierde al inocente hombre, siempre. Lo ha sido desde el principio de los tiempos y lo sigue siendo. Lo sostiene hasta un diario tan «serio» como el británico The Times, cuando informó con grandes titulares de la reciente derrota de la escuadra española frente a la helvética: Sexy Sara sinks Spain (La sexy Sara hunde España -o sea, la reportera de Deportes de Telecinco desplazada a Suráfrica, al parecer novia del portero de la selección para los profanos del mundo esférico, como es mi caso, y que, claro, descentra al joven, pobre-). La culpa siempre es de ellas, siempre. Adán se perdió por Eva. Troya se perdió por una tal Helena. Los Beatles se separaron por Yoko Ono (lo cantaban con ironía los Def con Dos: «La culpa de todo la tiene Yoko Ono»). Oigan, pero, ¿no somos tan modernos?, ¿y seguimos con estos rancios y casposos prejuicios machistas y estas milongas? Deseo con toda mi alma, y lucho por ello, que mi hija pueda vivir en una sociedad libre de estas miserias, pero cada vez lo tengo menos claro. Qué pena me doy; qué pena damos.